miércoles, 10 de mayo de 2017

MARINERO DE AYER


Es tarde de verano y me invade la nostalgia,
mientras contemplo el muelle de mi puerto natal;
regresas, vieja nave, despertando mi añoranza,
surcando con orgullo la inmensidad de la mar.
 
Sereno, cierro los ojos y despierta la memoria
de aquellos años gloriosos que aprendí a navegar;
quedaron en tus cubiertas los capítulos de mi historia,
y mi alma de marino no te pudo abandonar.
 
La sal curtió mis manos y el viento mi semblante,
la brújula enseñó cuál era el rumbo ideal;
el timón forjó mi temple firme y desafiante,
y la mar fue mi escuela, mi destino y mi hogar.
 
En cada puerto encontré sonrisas y alegrías,
entre faros, malecones y un viejo muelle de coral;
pero siempre levé anclas cuando el alba aparecía,
porque el deber del marino es volver siempre a la mar.
 
Hoy contemplo emocionado ondear tu pabellón,
como en aquellos días de mi juventud naval;
el pueblo entero te saluda con respeto y emoción,
porque sabe que en tu cubierta navega el Perú inmortal.
 
Llega entonces la hora silenciosa de la partida;
las amarras se desprenden con solemne dignidad;
desde el muelle miro alejarse parte de mi vida,
mientras la espuma va borrando mi ansiedad.
 
Ya no soy quien hace guardia bajo el cielo estrellado,
ni quien escucha el silbato anunciando la maniobra naval;
hoy son otros los que ocupan mi puesto tan honrado,
mientras los saludo orgulloso desde el viejo espigón de la mar.
 
Adiós, querida nave; que los vientos sean propicios,
que Neptuno bendiga siempre tu derrota sobre la mar;
que las estrellas guíen tus rumbos siempre benditos,
y el faro te conduzca seguro a tu puerto llegar.
 
Marinero una vez... marinero para siempre;
porque la mar jamás se puede abandonar.
Cuando Dios ordene levar anclas para mi último viaje,
zarparé con mi vieja nave... hacia el Puerto Celestial.


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