Te conocí frente al mar
contemplando aquel puerto,
mientras el sol lentamente yo le veía pasar;
tu mirada se encontró con mi destino incierto,
y desde aquel momento mi corazón te empezó amar.
Vigilaba yo las aguas, mi orgullo
y mi alegría;
las horas iban despacio sobre el muelle y frente al mar.
Me preguntaste mil cosas con tan dulce simpatía,
y tu nombre quedó escrito que nadie pudo borrar.
Me invitaste a tu casa al llegar
el fin de semana,
pero mi desconfianza venció a mi corazón;
con tu sonrisa dijiste, tan amable y tan lozana:
«El domingo nos veremos», y acepté tu invitación.
Mas no llegó aquel encuentro; fue
muy triste la espera.
Yo seguí otros caminos sin saber dónde encontrarte;
cada vez que al puerto volvía, con esperanza sincera,
era el mar quien escuchaba mis deseos de hallarte.
Pasó el tiempo, y el destino
volvió a cruzar nuestra vida;
una tarde, en un autobús, sin pensarlo te encontré.
No te había reconocido, pero tú, con emoción sentida,
me dijiste: «Nunca pude olvidarme de usted».
Fue tan tierno aquel reencuentro
que renació la ilusión;
los besos hablaron solos con su eterno resplandor.
Volví después a tu casa obedeciendo al corazón,
pero ya eras esposa y entregabas otro amor.
Hoy los años han pasado y somos
dos seres extraños;
el destino abrió distancias que no pude recorrer.
Perdí para siempre el rumbo que seguían tus pasos,
pero vive en mi alma la dulzura de tu ser.
Si algún día, entre las olas, mi
recuerdo va a buscarte,
sabrás que aún el puerto guarda intacta nuestra historia;
porque el tiempo no ha podido ni podrá jamás borrarte,
y vives como un faro encendido en mi memoria.
mientras el sol lentamente yo le veía pasar;
tu mirada se encontró con mi destino incierto,
y desde aquel momento mi corazón te empezó amar.
las horas iban despacio sobre el muelle y frente al mar.
Me preguntaste mil cosas con tan dulce simpatía,
y tu nombre quedó escrito que nadie pudo borrar.
pero mi desconfianza venció a mi corazón;
con tu sonrisa dijiste, tan amable y tan lozana:
«El domingo nos veremos», y acepté tu invitación.
Yo seguí otros caminos sin saber dónde encontrarte;
cada vez que al puerto volvía, con esperanza sincera,
era el mar quien escuchaba mis deseos de hallarte.
una tarde, en un autobús, sin pensarlo te encontré.
No te había reconocido, pero tú, con emoción sentida,
me dijiste: «Nunca pude olvidarme de usted».
los besos hablaron solos con su eterno resplandor.
Volví después a tu casa obedeciendo al corazón,
pero ya eras esposa y entregabas otro amor.
el destino abrió distancias que no pude recorrer.
Perdí para siempre el rumbo que seguían tus pasos,
pero vive en mi alma la dulzura de tu ser.
sabrás que aún el puerto guarda intacta nuestra historia;
porque el tiempo no ha podido ni podrá jamás borrarte,
y vives como un faro encendido en mi memoria.


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