sábado, 25 de julio de 2026

EL AMOR QUE NO MURIÓ


Cuando apenas la vida amanecía,
tu sonrisa fue el sol de mi inocencia;
yo ignoraba que algún día partiría
dejando mi corazón en tu presencia.
 
El destino trazó distintos rumbos,
y el mar reclamó toda mi esperanza;
tú quedaste entre sueños moribundos,
yo seguí persiguiendo otra bonanza.
 
Regresé una tarde con el alma todavía
aferrada al perfume de tu nombre;
mas ya otro amor tus pasos conducía,
y callé mi dolor como hace el hombre.
 
Quince años pasaron lentamente,
y otra vez el destino nos miraba;
quise abrirte mi pecho nuevamente,
pero el miedo de tu voz aprisionaba.
 
Sin embargo, los años persistieron
como el río que nunca quiere perder,
treinta abriles al fin nos devolvieron
lo que el tiempo jamás pudo detener.
 
Con los ojos bañados de ternura
me dijiste al tomarme entre tus manos:
—Vivamos lo que negó la desventura,
lo que perdimos por propósitos lejanos.
 
Y vencimos la tormenta del olvido,
nos amamos con toda el alma abierta;
cada beso era un sueño renacido,
y cada abrazo una ilusión despierta.
 
Nunca quise robarte tu destino,
ni arrancarte el hogar que construiste;
solo fui aquel viajero del camino
que, en tu alma, silencioso, siempre existe.
 
Hoy el tiempo ha cerrado aquella historia,
pero no ha conseguido sacarte de mi mente,
porque vives grabada en mi memoria
como un himno de amor eterno y latente.
 
Y si Dios nos concede un nuevo encuentro
cuando el mundo se aleje de los dos,
te diré, con el alma desde adentro:
"Fuiste el amor que me devolvió Dios."

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